domingo, 18 de octubre de 2009

El origen mitológico de Roma (II): El rapto de las sabinas

La nueva ciudad de Roma empezó a crecer. Rómulo, ambicioso, había dado al poblado, desde el principio mismo, un área muy grande: mayor que la necesaria para el número de personas que en él vivían. El problema era cómo atraer más gente para llenar la ciu­dad. Rómulo decidió seguir la antigua costumbre de hacer de su ciudad un lugar de refugio. Muy pronto acudieron, de muchas le­guas a la redonda, gentes de todas clases, ansiosas de poseer un si­tio donde vivir. Entre ellos había esclavos huidos de sus amos, cri­minales, vagabundos, forajidos: hombres que no habrían sido bien recibidos en ningún otro lugar.

Rómulo, sin embargo, se mostró muy complacido. Había desig­nado a cien varones «Padres de la Patria» o Senadores. Reunió al Senado, y dijo:

-Ahora Roma es fuerte. Ninguna ciudad se atrevería a desafiar­nos, pero hemos de pensar en el futuro. Sabemos todos que nos ha­cen falta más mujeres: la mayoría de nuestros hombres no tienen esposas. ¿Dónde y cómo podemos hallar mujeres para casarlas con ellos?
Después de larga discusión se acordó mandar enviados a las ciu­dades vecinas con el fin de establecer alianzas y matrimonios.
Pero cuando los enviados regresaron, todos traían la misma res­puesta: nadie quería relación alguna con los romanos. La sola idea de que sus mujeres jóvenes casasen con una turba de esclavos, cri­minales y maleantes era en todas partes impensable. Los hombres de Roma se sintieron agraviados, y quisieron tomar las armas al instante. Rómulo hubo de mediar para prevenir la lucha declarada. Por otra parte, tenía una idea mejor.


Estaban ya muy avanzados los preparativos de las fiestas consua­les, en honor del dios Conso. Los romanos decidieron celebrarlas muy espléndidamente, e invitar a todas las ciudades, así próximas como lejanas, a participar en ellas. El día de la fiesta, Roma era un hervidero de gente dispuesta a disfrutar la visita. Y, aparte de todo lo demás, lo que probablemente querían muchos era estudiar las defensas de Roma. Llegaron visitantes de las poblaciones cercanas, como, por ejemplo, Cenina, Crustumium y Antemnae, pero los más numerosos eran los sabinos, que eran por entonces los más podero­sos vecinos de Roma. Hombres, mujeres y niños llenaban de bote en bote los espacios abiertos y los edificios públicos en el interior de la ciudad, y una vez cumplidos los ritos religiosos se desplazaron todos al sitio dispuesto para las carreras de carros. Si bien Conso erael dios de las cosechas, se asociaba su figura muy especialmente con los caballos, y por este motivo caballos y mulas llevaban guirnaldas y coronas floridas. El ambiente ciudadano estaba henchido de alegre expectativa.

Comenzó el espectáculo, y llegó el momento que los romanos aguardaban. Rómulo se levan­tó e hizo una señal convenida; a esta orden, unas escuadrillas de hombres se metieron entre la muchedumbre y se apoderaron de cuanta mujer joven pudieron ver. Las muchachas chi­llaron de miedo e hicieron cuanto estuvo a su alcance para huir, pero fue inútil la lucha. Rápi­damente se las llevaron a buen seguro dentro de la ciudad, dejando a sus padres, hermanos y amigos desamparados fuera de la muralla.



Para los visitantes, aquello fue un ultraje y un engaño. Se volvieron a sus ciudades, no sin dar rienda suelta, con gritos y exclamaciones, a la cólera que sentían. Que capturasen a sus mu­jeres en acción de guerra era cosa que podía aceptarse según los usos de la época; pero que las raptasen en mitad de un festival religioso era algo nuevo y terrible. Rómulo y sus cóm­plices recibirían el castigo de los dioses.

También las jóvenes se sentían muy desdi­chadas por lo ocurrido. Rómulo las visitó una por una, dándole toda clase de seguridades.

-Ojalá vuestros padres hubiesen prestado oídos a nuestros enviados -les dijo-. Pero nada temáis. Casadas, seréis partícipes de la fu­tura grandeza de esta ciudad, y disfrutaréis los privilegios de la ciudadanía romana.

Además, ya pensaréis de otra manera cuando tengáis ni­ños en vuestros regazos. Ahora estáis furiosas, pero pronto vendrá el amor.

También aconsejó a los hombres. Les dijo que fuesen maridos amantes, y que trabajasen sin desmayo para dar buenos hogares a sus nuevas esposas. Siguieron éstos sus consejos, y procuraron halagar a las mujeres. Pronto se en­frió la ira en ellas; y luego dasapareció del todo.

Pero aun cuando las mujeres permanecieron en Roma y aceptaron lo ocurrido, no sucedió lo mismo con sus padres y parientes, en quie­nes duraba la cólera. Y, en vista de que los dio­ses aparentemente rehusaban castigar el cri­men cometido por los romanos, apelaron al rey sabino, Tacio, pidiéndole que tomase en sus manos la cuestión. El rey no estaba muy dis­puesto a ir a la guerra por unas cuantas mu­chachas, y durante cierto tiempo nada hizo. No obstante, las gentes de las ciudades de Cenina, Crustumium y Antemnae, que también habían perdido a sus mujeres, perdieron la paciencia y organizaron sus propios ataques contra Roma.

El ejército de Cenina atacó antes que los otros, y una fuerza romana al mando del pro­pio Rómulo lo derrotó rápidamente. Sin con­tentarse con sólo la victoria, los romanos mar­charon contra la ciudad enemiga, y la tomaron. Rómulo en persona mató al rey cenino, lo des­pojó de su coraza y volvió con ella a Roma, a celebrar su triunfo. Llevó al Capitolio el trofeo y lo ofreció a Júpiter bajo el roble sagrado del dios. Dispuso que allí se alzase un templo, el primero de Roma, en honor de Júpiter.

La derrota de Cenina no menguó los ánimos de los ejércitos de Antemnae y Crustumium. Atacaron los territorios romanos, y también ellos fueron prontamente vencidos y tomadas sus ciudades. Y fue entonces cuando Hersilia, mujer de Rómulo, sugirió:

-¿Por qué no perdonáis a los pueblos de las ciudades que acabáis de conquistar, e invitáis a los padres de las muchachas a vivir en Roma?

Rómulo hizo suya la idea, y también los pue­blos de las ciudades vencidas la aceptaron de buen grado. Los padres y parientes de las muje­res se trasladaron a la ciudad de Roma, y la gente de Roma se estableció en las ricas tierras de labor de las zonas conquistadas. Así se for­talecieron los lazos entre las diversas ciudades, y se amplió la esfera de influencia de Roma.

Durante todo este tiempo, los sabinos ha­bían guardado un ominoso silencio, y los ro­manos supusieron que aquéllos preparaban un ataque. Y estaban en lo cierto, porque, para en­tonces, el rey sabino había comprendido que era preciso someter a Roma antes de que ésta se hiciese demasiado fuerte. En consecuencia, proyectó tomar el baluarte construido por Ró­mulo fuera de la ciudad, para, desde allí, lanzar luego el ataque principal contra Roma. Manda­ba el baluarte Espurio Tarpeyo, padre de una hija llamada Tarpeya. Cierto día estaba la moza fuera de los muros de la fortaleza -había sali­do en busca de agua-, cuando oyó que la lla­maban por su nombre desde una cercana arbo­leda. Vio un centelleo de joyas entre las ramas y corrió a ver de qué se trataba, pues las joyas, el oro y la plata le gustaban más que nada en este mundo. Entre los árboles halló al rey sabi­no escoltado por algunos de sus guerreros, armados todos hasta los dientes. Según la cos­tumbre sabina, llevaban todos pesados brazaletes de oro y anillos con piedras preciosas. Tar­peya no sólo no demostró miedo, sino que se acercó más á los hombres, fascinada por sus atavíos. Entonces habló el rey:

-Bella Tarpeya -dijo-, vamos al grano. Si esta noche nos abres las puertas de la forta­leza, a fin de que podamos entrar, te daremos todo lo que quieras.

Tarpeya reflexionó un momento, sin quitar los ojos del oro y las joyas. Luego replicó: -Abriré para ti las puertas si me dais lo que lleváis en los brazos.

-Te lo daremos de buena gana -repuso el rey-, una vez que estemos dentro del bastión. Tarpeya se dio por satisfecha, y a duras pe­nas pudo aguardar a que la oscuridad llegase. Ya de noche, descorrió los cerrojos de la puer­tecita del baluarte, ante la cual esperaban los sabinos. Una vez dentro, el rey le dijo, en un murmullo, a Tarpeya:

-Ahora, tu recompensa. ¿Qué te habíamos prometido?

En aquel momento la muchacha se arrepin­tió de lo que acababa de hacer, porque los sol­dados enemigos la rodeaban y se sintió amena­zada y temerosa.

-Me prometisteis darme eso que tenéis en los brazos -dijo, con la esperanza de que su voz no traicionase el miedo.

-Sea como querías -murmuró el rey, qui­tándose primero el pesado escudo y luego sus brazaletes. Los dejó caer a los pies de la moza, que chilló, sorprendida. Los soldados siguieron el ejemplo del rey, de modo que muy pronto la aterrorizada Tarpeya se vio circundada y cu­bierta de escudos y pesados brazaletes. Los sol­dados no se detenían.

-¡Ya es paga suficiente! -sollozó, mientras caía sobre ella escudo tras escudo. Murió aplas­tada bajo el enorme peso.

Solemnemente, los hombres recobraron sus brazaletes de oro y sus pesados escudos, dis­puestos a entrar en acción. Pero antes cogieron el cuerpo de Tarpeya y lo arrojaron al vacío desde la alta roca en que se hallaba emplazado el bastión.

-Listo es lo que nos merecen los traidores -dijo el rey con aspereza.
Cuando hubieron tomado el baluarte, los sa­binos empezaron a preparar el ataque contra la propia Roma. Rómulo reunió a sus tropas has­ta el último hombre y marchó contra el enemi­go. Ambos bandos lucharon denodadamente, pero los sabinos llevaban ventaja y obligaron a los romanos a retroceder en desorden hacia sus propias defensas. La situación era desesperada. Rómulo miró alrededor, y luego alzó la espada y gritó por encima del tumulto de la pelea:

-Oyeme, oh poderoso Júpiter, padre de dioses y de hombres. Tu ciudad está amenaza­da. Los sabinos presionan contra nosotros por todos lados. Quita el miedo de los corazones romanos y concédenos el buen éxito en la de­fensa de esta plaza. Construiré aquí un templo para recordar a las gentes, en los días venide­ros, que tú ayudaste a Roma en la hora de la necesidad.

Luego llamó a sus hombres.

Júpiter está con nosotros. ¡Luchad, valien­tes romanos!


Milagrosamente volvió a ellos el valor perdido. Conducía a los sabinos un hombre llamado Mecio Curcio. Confiaba éste tanto en la victo­ria, que comenzó a fanfarronear diciendo a voces lo que haría en cuanto la ciudad cayera en sus manos. Cuando estaba en lo mejor de la descripción de su triunfal entrada en Roma, Rómulo desencadenó un feroz contraataque que cogió a los sabinos completamente despre­venidos. El caballo de Mecio, asustado por el ruido y la confusión súbitos, se encabritó, con su jinete a lomos. El animal, desbocado, corrió a las pantanosas tierras de la orilla del río, y la lucha se detuvo: todos contemplaron cómo Mecio y su caballo luchaban, impotentes, para salirse del lodazal en el que poco a poco iban hundiéndose sin remedio. Mecio se las arregló para desembarazarse de silla y riendas en el preciso momento en que el caballo desaparecía bajo la superficie. Un grito de alegría se alzó entre sus hombres cuando lo vieron salir, tras no poco esfuerzo, a la seguridad de la tierra seca. Pero el incidente había quebrado la vo­luntad de lucha de los sabinos, y los romanos pudieron rechazarlos con facilidad.

A todo esto, las mujeres sabinas cautivas ha­bían estado mirando el combate que se dispu­taba por ellas. Llegó un momento en el que la vista del creciente número de los heridos y los muertos les resultó insoportable. Corrieron al campo de batalla, con sus hijos en brazos, los
cabellos sueltos flotando tras ellas, las ropas in­fladas por el viento según corrían. Haciendo caso omiso de las lanzas que por todas partes volaban y del estruendo de las espadas entre­chocándose, consiguieron ponerse, en muche­dumbre, en medio de los combatientes. Mira­ron a sus padres a un lado, a sus maridos en el otro, y pidieron la paz.

-¡Lucháis por nosotras -exclamaron-, pero nosotras no queremos ser huérfanas ni viudas! Mejor fuera que muriésemos todas.

Cayó el silencio en el campo de batalla. Durante un buen rato nadie se movió; luego, si­multáneamente, los jefes de ambos ejércitos arrojaron al suelo las armas. Al punto los sol­dados de los dos bandos en pugna se estrecha­ron las manos en señal de amistad.

Volvió la paz, y las dos naciones vivieron en lo sucesivo como una sola bajo la autoridad conjunta de ambos reyes. Cuando andando el tiempo murió Tacio, el rey sabino, Rómulo rei­nó en solitario. Entonces Marte, padre de Rómulo, persuadió a Júpiter para que éste concedie­se al fundador de Roma un sitio entre los dioses.

Mientras Júpiter desencadenaba una súbita y feroz tormenta, Marte acudió velozmente a Roma en carro alado. Halló a Rómulo en el monte Palatino, sentado ante su pueblo. Des­cendió y sin detenerse cogió a Rómulo al vue­lo: los espectadores vieron solamente cómo la figura del rey se desvanecía en el aire. En lugar de un Rómulo de carne y hueso apareció un instante, para desaparecer poco después, su imagen divina. Entonces comprendieron que Rómulo los había dejado para siempre y levan­taron un templo en honor del difunto rey fun­dador, donde le rindieron culto bajo la nueva advocación de Quirino.

La desdichada Hersilia, esposa de Rómulo, sintió que se le destrozaba el corazón con la muerte de su marido. Podía vérsela siempre en el templo dedicado a aquél, y siempre llorando. Juno se apiadó de ella, y cierto día, mientras Hersilia oraba, hizo caer una estrella a sus pies. Al punto ardieron los cabellos de Hersilia, for­mando un halo en torno a su cabeza, y subió con la estrella a reunirse con su esposo. Se re­gocijaron ambos; el nuevo dios abrazó a su mujer, y con el abrazo cambió la apariencia y el nombre de ella. Juntos, y llamados desde en­tonces Quirino y Hora, vivieron en celestial bienaventuranza, mirando siempre por su ciu­dad de Roma.

1 comentario:

  1. Hola, qué tal? Me podrías decir de dónde has extraído esta información? Me ha sido de gran utilidad y necesito citarla propiamente para una monografía universitaria. MUCHAS GRACIAS!

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